Cualquiera que se haya mudado comprenderá la tremenda odisea a la que uno se dispone cuando decide largarse con sus chivas a otra parte.
La de Pelanki comenzó con un entusiasta "¡nos mudamos al centro!" que se transformó en una cajita de sorpresas. El depa está ubicado dentro de una casa muy grande y anteriormente fue habitado por personas un tanto extrañas, que gustaban de pintar las paredes de negro, morado, y rosa nada pastel. El techo del baño era azul rey y había también un saloncito para practicar danza con toda una pared forrada de espejos (cosa que allá lejos, a mi querido Gallo le entusiasmaba inexplicablemente).
El trato fue el siguiente: Nos mudaríamos en un mes, tiempo que la dueña consideraba suficiente para quitarle a las paredes la ezquisofrenia y al salón de danza los espejos. Crearían un pasillo para cerrar las paredes, arreglarían otra parte y limpiarían a fondo la cocina.
Pasó un mes y vomitando felicidad hasta por las orejas, me dormí una madrugada hasta las 3 metiendo mis discos y mis libros en los huecos de las maletas. Todo para nada. Por la mañana me dieron la mala noticia "No hay electicidad, no tenemos puerta de entrada ni en la recámara del fondo, no han puesto el timbre, el baño no tiene regadera. No nos cambiamos."
Las tripillas dibujaron ochos y dobleús dentro de mi sensible pancita acostumbrada -a la mala- a las noticias desagradables. Apechugué, tragué salivita, respiré hondo y me aguanté como los machos.
Me hicieron pasar dos semanas más así, sacando la ropa de las maletas y volviéndola a guardar esperando el cambio definitivo. Hubo un momento en el que creí que nunca nos mudaríamos, pero hoy, jueves 20 de Octubre del acelerado 2005, cumplo 4 noches durmiendo en el "Penthouse". A pesar de que apenas hoy amanecimos con regadera.
Ah! y la madre de la dueña sufre de lagunas mentales, así que no sabe quienes somos y no nos deja pasar cada vez que nos la cruzamos en el pasillo.
Pero amo vivir en el centro, ¿no? ¿Quién podría quejarse?